La soledad de las mujeres inteligentes

¿La inteligencia de una mujer atrae a los hombres? Posiblemente, una gran parte de los hombres diría que sí, que por supuesto. Sin embargo, si se preguntara a las mujeres, muchas contestarían justo lo contrario, lo negarían. Y curiosamente, los dos tendrían razón, según un artículo publicado en 2015 en la revista Personality and Social Psychology Bulletin.

Lora Park, una psicóloga social de la Universidad de Buffalo, y sus colegas Ariana Young y Paul Eastwick realizaron diversas investigaciones para comprobar qué les ocurre a los hombres cuando están con una mujer que creen que es más inteligente que ellos. En un primer experimento, se les pidió que evaluaran a una chica que hipotéticamente era más lista y habilidosa en matemáticas y en inglés. Todos ellos calificaron a dicha mujer como una pareja romántica deseable a largo plazo. Hasta aquí todo bien. Esa era la teoría, pero ¿y en la práctica? Para dar respuesta a ello, los investigadores crearon diversas situaciones donde las personas competían. Cuando una chica demostraba ser más inteligente que los chicos, por “arte de magia” dejaba de ser tan atractiva a los ojos de los hombres. E, incluso, llegaban a reconocer que se sentían inseguros frente a ella.

Así pues, la conclusión del estudio anterior podría resumirse en una idea: en teoría la inteligencia de la mujer atrae a los hombres, pero en la práctica y en distancias cortas les genera cierta inseguridad (por supuesto, siempre hay excepciones). Más allá de esta investigación, quizá conozcas a mujeres que consideren que esta habilidad ha sido una barrera a la hora de encontrar una pareja y de mantener con éxito una relación. También es posible que conozcas a hombres que apoyan las carreras profesionales de sus compañeras y que se sienten muy orgullosos de la inteligencia de ellas. De acuerdo, cualquier generalización es incorrecta. Pero, dicho todo esto, hoy por hoy todavía existe una parte de los hombres que se sienten inseguros o que perciben que su masculinidad entra en juego cuando están frente a una mujer brillante.Posiblemente, este resultado dependa de la autoestima personal y de la madurez de cada uno, pero vale la pena tenerlo en cuenta para saber actuar y para gestionar las soledades y las posibles frustraciones.

Nos necesitamos mutuamente. Tanto es así que una de las claves que ayuda al éxito profesional de una mujer (y del hombre) es tener una buena pareja, según Sheryl Sandberg, la directora financiera de Facebook. De hecho, de las 28 mujeres que han sido directoras generales de alguna empresa de las Fortune 500, 26 están casadas, una divorciada y una soltera. Pero los cambios de la sociedad son tan profundos que también están afectando a las dinámicas entre el hombre y la mujer, lo que nos obliga a gestionar nuevos miedos disfrazados de otro modo. Y para poder lidiarlos con éxito, es necesario mejorar el autoconocimiento con el fin de ganar confianza y seguridad por uno mismo más allá de lo que el otro haga o diga. También es importante educar en inteligencia emocional desde la infancia, de forma que tanto hombres como mujeres se puedan preparar para los nuevos roles sociales que van a vivir. Y, por supuesto, necesitamos abrir nuevas conversaciones entre las parejas para encontrar los puntos de conexión y de colaboración, que no de competición. Solo así aprenderemos a superar las dificultades a las que todos y todas nos enfrentamos.

El truco que ha demostrado la ciencia para parecer más atractivos e inteligentes: el “efecto animadora”

Piensa en algún grupo de personas atractivas. Pueden ser las animadoras de un partido, los cantantes de un grupo musical estilo Backstreet Boys o sus secuelas, o jóvenes que están en un bar por la noche. Lo que tú desees. Y, ahora, permíteme una pregunta: ¿es cierto que todos ellos son tan guapos o quizá nos engaña nuestra cabeza o nuestra vista? A las ciencias sociales les encantan este tipo de incógnitas, y Walker y Vul en 2014 publicaron un artículo con la conclusiónlas personas resultan más atractivas cuando se las ve en un grupo que individualmente. Este fenómeno lo bautizaron como el “efecto animadora”, en honor a estas mujeres que resultan tan atractivas en su conjunto, aunque bien podría llamarse “efecto animador”, ya que no depende del género y con un grupo de hombres sucedería de la misma manera. Y, curiosamente, el motivo se debe a los fallos de nuestra percepción.

Walker y Vul, psicólogos de la Universidad de California, San Diego, hicieron cinco diferentes investigaciones. Mostraron cien fotos de una cara en solitario y, después, el mismo rostro rodeado de otros en un collage. Pidieron que valoraran la belleza en ambas ocasiones. Pues bien, las puntuaciones fueron ligeramente superiores cuando estaban en grupo. ¿Motivo? En un primer golpe de vista y sin darnos ni cuenta, nuestra mente calcula la belleza media de lo que ve y, como se demostró en la investigación, la belleza media calculada suele ser superior a la suma de las bellezas individuales (es decir, la belleza media del equipo de animadoras suele ser mayor que la suma del atractivo de cada una de las mujeres que lo compone, siguiendo con el ejemplo anterior). Y esto no solo nos ocurre cuando vemos mujeres u hombres, sino también cuando analizamos los objetos que nos rodean. Si aceptamos que nuestra percepción comete errores, veamos qué podemos hacer para aprovecharnos de esta peculiaridad de nuestra mente.

Lo primero lo sugieren los propios investigadores en el trabajo académico publicado por Psychological Journal: “Ir con amigos o amigas puede ser una buena estrategia si se queda para una cita, especialmente si sus rasgos faciales se complementan y promedian las peculiares idiosincrasias de uno”. Es decir, buscar personas que te complementen en tus rasgos físicos te ayuda a aparentar ser más atractivo. Y, en este caso, no importa el género. Esta compensación sucede tanto si estás rodeado de hombres como de mujeres. Por ello, en el mundo de la seducción y en el de los negocios, si se quiere aparentar un mayor atractivo es mejor no salir en fotos en solitario, sino rodeado de otros bien seleccionados que complementen nuestros defectillos. Y esto, curiosamente, no afecta solo a nuestra belleza, sino también a nuestra inteligencia. Como se deduce de otras investigaciones, también de manera inconsciente y por un efecto halo, correlacionamos belleza e inteligencia. Ya se sabe, se trata de otro error de la mente, pero así somos.

Y, por último, si tenemos esta tendencia a ser más generosos con el todo, estemos alerta. El marketing conoce este fenómeno antes de que Walker y Vul publicaran su investigación. Por eso, las fotos de los objetos que se ofertan se rodean de un atrezzo que aparenta ser maravilloso. Y como nosotros de manera inconsciente calculamos la belleza media, pues podemos picar tan tranquilamente. Así se observa en las exposiciones de muebles o en Ikea, donde se les da tan bien recrear ambientes. El conjunto nos puede gustar y nos apetecería comprarlo. Sin embargo, si valoráramos los objetos uno a uno, es posible que no nos entusiasmaran tanto como cuando estaban rodeados de los otros. Por ello, si vamos de compras de muebles o de cualquier otro objeto, analicémoslo de manera individual con cierto detenimiento para no caer seducidos por el “efecto animadora” de nuestra propia mente.

Si quieres saber cómo es fulanito, dale un carguito

Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano durante los 70, no era precisamente un adonis, pero tenía fama de seductor. Un día le preguntaron cómo conseguía alcanzar tanto éxito y él respondió con una frase lapidaria: “el poder es el mayor afrodisiaco que existe”. Y es cierto. El poder atrae y llega a convertirse en una droga para más de uno, independientemente de su posición. El problema es que el poder desvela también cómo somos. Podríamos decir que actúa como la “prueba del algodón” o un contraste médico. Es una oportunidad para ver qué hay detrás. Cuando tenemos un cargo, se nos ve el plumero de nuestros valores y de nuestras inseguridades. Y no hace falta tener un puestazo para que esto ocurra. La pasión por el poder habita en un sinfín de lugares: un mando medio que disfruta con el control elevado a la enésima potencia, el presidente de una asociación regional al que parece que se le va la vida defendiendo su puesto, o el portero de discoteca que con cara de matón no deja pasar a alguien sencillamente porque no le apetece. Es decir, cualquier posición que implique una cierta capacidad de influencia. Por eso, hay personas que cuando tienen un pequeño cargo se transforman, porque la inseguridad y el poder actúan como un cóctel molotov poco recomendable. Pero, cuidado, el poder en sí no es malo. Y esto es bueno matizarlo.

Decía David McClelland , profesor de psicología de Harvard, que a todas las personas nos mueven diferentes motivaciones sociales en el trabajo (y en la vida). Hay quienes disfrutan con la consecución de objetivos, otros que buscan ante todo ser parte de un grupo, y hay personas a las que les mueve influir en terceros o tener poder. Este último grupo se clasifica a su vez en dos: los que buscan un poder socializante, es decir, el bien común; y los que les mueve el poder individualista o salirse con la suya a costa de terceros. Como es de suponer, en el primero se incluyen los líderes o quienes buscan contribuir positivamente desde cualquier posición, como profesores, psicólogos, políticos o jefes. No importa. En el segundo caso, el poder individualista agrupa a todos aquellos que anteponen sus intereses a los del resto, que miran su ombligo o que se aprovechan para ganar a toda costa. Cuando alguien cae en la seducción del poder individualista, el motor de fondo, a veces muy escondido, son sus propios valores personales (que dejan más o menos que desear) o su inseguridad personal, que quieren compensar con el poder. Por eso no es de extrañar que la baja autoestima fomente el poder individualista, malos jefes y malos gestores. Cuando se actúa así por valores un tanto cuestionables, poco hay que hacer: cambiarle de posición o sacarle de la organización si se puede. Cuando el motor de fondo no son valores, sino inseguridad personal, es una mejor noticia, porque existe margen de maniobra.

Nadie nace líder. Como tampoco se nace ingeniero, secretario o músico. Las habilidades se pueden y se deben aprender. Cuando a uno le ascienden, al igual que tiene que aprender los retos de la nueva posición, necesita mejorar también sus inseguridades, porque si no lo hace, puede que de manera inconsciente abrace el poder individualista, siendo autoritario, no compartiendo información o machacando a todo aquel que se le ponga por el camino. Por ello, es importante que todo aquel que tenga una posición de influencia trabaje sobre sí mismo, a través de formación, de desarrollo o de una reflexión sincera. Solo así podrá conseguir un auténtico liderazgo y reducir la adicción al poder, que deja muy solo a quien la padece, ya que cuando uno pierde el puesto, desaparecen los “supuestos amigos”.

En definitiva, si queremos sentirnos bien con nosotros mismos, no nos creamos demasiado el poder, que es efímero como lo es el éxito, y aprovechemos para analizar lo que nos ocurre si se nos sube mucho a la cabeza. Solo así habrá valido la pena.

Qué puedes hacer para convertir una debilidad en una ventaja: la técnica del contrapeso

Todos tenemos alguna debilidad, o un área de mejora, como se dice de un modo “políticamente correcto”. Puede ser de cualquier tipo, desde tener mala memoria o ser disléxicos, hasta no gustarnos las matemáticas y tener que enfrentarnos a un examen. Lo que sea. Cuando esto nos ocurre, nos podemos obsesionar y agobiar, o tenemos otra opción: convertirlo en una ventaja si hacemos algo diferente. Así lo explica Malcolm Gladwell en su libro David y Goliat con distintos ejemplos históricos. A priori, nadie daba un duro por Vietnam cuando Estados Unidos le declaró la guerra. Era un país infinitamente más pobre y con unos recursos armamentísticos muy inferiores. Pero aguantó. Se convirtió en el infierno de los americanos y consiguió que estos quisieran salir de allí pasados unos años. ¿Su clave? Se defendió con una estrategia diferente. Como eran menudos de tamaño y conocían el terreno mucho mejor que cualquier mapa, crearon túneles imposibles de acceder y disimularon su posición con un sinfín de estratagemas. No podían competir con las armas del enemigo, por lo que se inventaron herramientas rudimentarias pero muy efectivas. Y todo ello les permitió sorprender al ejército de Estados Unidos una y otra vez. Igual sucedió con David cuando se enfrentó a Goliat según la Biblia. No se le ocurrió pelearse cuerpo a cuerpo, ya que era casi un niño en comparación con un gigante, sino que le lanzó una piedra con una honda a cierta distancia y le dejó KO. Pues bien, todo lo anterior lo podemos trasladar a nuestras debilidades (salvando las “kilométricas” distancias y sin peleas de por medio).

Cuando algo se nos da mal, tenemos tendencia a esforzarnos mucho y la solución no se encuentra ahí, sino en hacer algo diferente, una estrategia contrapeso, que nos ayude a conseguir nuestro objetivo, como la denomina Anxo Pérez. Veamos cómo aplicarla a nuestro día a día.

Primero, necesitas aceptar que tienes un área de mejora. Parece obvio, pero suele ser habitual negarlo y esto nos hace perder un tiempo precioso. Si se te da mal algo, no hay que echar balones fuera ni pelearse con la realidad. Tampoco ayuda quejarse de la mala suerte o de lo que sea… ¿o acaso conoces a alguien a quien todo se le dé bien al cien por cien? Cada uno tiene lo suyo, así que reconoce que eres humano, y no perfecto.

Segundo, busca el objetivo último y no lo pierdas de vista. Tomemos el ejemplo de mejorar la mala memoria. El objetivo es ser capaz de disponer de ciertas informaciones, y no tanto ganar el premio al que más recuerda lo que le rodea. Por ello, céntrate en lo esencial.

Y, tercero, define tu estrategia contrapeso. La estrategia habitual es entrenar la memoria con ejercicios y es posible que te ayude a mejorar algo, pero seguramente será difícil que te conviertas en el excelente “recordador de todo”. La otra alternativa es tu estrategia contrapeso, es decir, despertar tu creatividad para identificar qué se te da bien para conseguir tu objetivo último. En este caso, podría ser desde tomar apuntes en un cuaderno o hacerlo en el móvil con notas de voz hasta dibujar las ideas que en ese momento te parezcan relevantes. Con tu estrategia contrapeso, consigues acumular mucha información que luego, a la larga, te permite ser incluso más eficaz que aquel que hace gala de una memoria excelente.

En resumen, cualquier aparente debilidad puede ser el motor de partida para despertar la creatividad y buscar estrategias contrapeso, como sucedió con los vietnamitas o con David. La clave está en centrarse en el objetivo final y en reconocer que una aparente “debilidad” es una oportunidad que te ayuda a despertar la superación de ti mismo. Por ello, pregúntate: ¿qué se te da mal? ¿Qué estrategias contrapeso estás dispuesto a poner en marcha?

Los ocho pasos para impulsar el cambio y que la gente te siga

Si algún día tienes que impulsar un cambio, aquí tienes los ocho pasos necesarios para que la gente te siga. Puede ser en una empresa, en una familia o en una comunidad de vecinos. Si el cambio es muy deseado, posiblemente no tengas muchas resistencias. El problema se presenta cuando el resto no lo ve, no lo entiende o surge el miedo. Es ahí cuando necesitas definir una estrategia diferente. John Kotter, profesor emérito de Harvard, después de realizar diversas investigaciones propone los pasos necesarios para que el cambio sea posible, como cuando se lanza, por ejemplo, una nueva estrategia, un nuevo producto o simplemente se quiere implantar una idea innovadora. Veámoslos a continuación:

Primero, has de generar una necesidad real. La pregunta que tendrías que hacerte es: ¿qué pasaría si no se asume el cambio?; ¿realmente es necesario? Si creemos que no sucedería gran cosa si me quedo como estoy, será difícil que nos movamos. Es como cuando nos apuntamos al gimnasio sin una clara intención de cuidarnos… pagaremos la cuota alegremente, pero poco más. Si es por severa prescripción médica, la cosa cambia. Por eso, si quieres movilizar a otros, convence sobre el sentido de urgencia y de necesidad.

Segundo, busca los recursos y la autoridad para llevar a cabo el cambio. Queda muy bonito lanzar mensajes de abrir nuevas líneas de negocio, por ejemplo, pero a menudo luego no se hace ni una mínima inversión. Tampoco podemos pretender conseguir una transformación si no tenemos la autoridad para decidir. Por tanto, la pregunta que has de formularte es: ¿tengo los recursos y la autoridad para hacer frente al cambio?

Tercero, implica a las personas clave. Es posible que la transformación que buscas no puedas hacerla por ti mismo. Para eso es importante trazar un mapa de personas o departamentos que puedan ayudarte y analizar si estarían dispuestos a ello, o si se opondrían. Una vez realizado, define estrategias diferentes para cada uno.

Cuarto, comunica lo que no va a cambiar. Ante lo nuevo, dedicamos mucha energía a hablar de lo que será diferente. Pero recordemos que la sensación de falta de control suele generar miedo. Por ello, en todo momento, además de comunicar lo que va a cambiar, informa sobre lo que permanece constante, aunque sean los valores o la ilusión.

Quinto, elimina barreras que te impiden avanzar. A veces nos lanzamos al cambio sin planificar qué hacer ante los obstáculos. Como resume José Conejos, directivo experto en procesos de transformación: “Resulta más útil quitar el calzo de una rueda para que un camión avance, que animar a las personas a que empujen el camión”. El calzo es una resistencia que cuesta poco quitar pero que tiene un impacto muy fuerte. Por ello, ¿a qué calzos podrías enfrentarte?; ¿cómo podrías retirarlos?

Sexto, crea metas a corto plazo. Todos necesitamos saber si lo que hacemos es adecuado o no o, como se dice en el mundo de la empresa, tener feedback (y lo siento por el anglicismo). Si el reconocimiento solo está al final del proceso, las personas podemos caer en el desánimo y perder la motivación. Por ello, define metas intermedias, comunícalas y, sobre todo, celebra cuando se consigan.

Séptimo, mantén la energía con picos de intensidad.Cualquier transformación atraviesa momentos álgidos y desiertos. Un proceso de transformación necesita dinamismo, en especial para superar los baches. Por ello, lleva a cabo impactos de mejora continua para que la intensidad no se pierda, como iniciativas concretas dentro de todo el proceso.

Octavo, instaura la “nueva normalidad”. Una vez que el cambio haya terminado, necesitas institucionalizarlo a través de un ritual, como un reconocimiento o una comunicación. Cuando se ha conseguido, se ha de decir y, por supuesto, celebrar.

 

Los cinco niveles de conversación (y uno es el que te ayuda a tus relaciones personales)

Hay conversaciones que nos llenan y otras que nos dejan vacíos. Hay personas cuya charla es un placer y otras que aburren hasta las ovejas. Y todo ello está relacionado con los niveles de comunicación que tengamos en la pareja, con los amigos o en el trabajo. Veamos cuáles son los cinco niveles de conversación posibles para valorar en qué situación solemos estar con las personas que nos rodean.

Primer nivel. Hablar sobre las cosas, el fútbol, el tiempo… Es una conversación superficial, pero necesaria cuando conoces a alguien o estás en un ascensor. No nos ponemos a contar nuestra vida al vecino del cuarto. En este nivel se habla del tiempo, de lo que se ha comido o de qué se ha visto en el último viaje a Italia. El problema surge cuando en una relación solo y exclusivamente se habla de este tipo de cosas. Nos quedamos vacíos, en especial cuando pasamos momentos en los que necesitamos contar algo que nos afecta.

Segundo nivel. Hablar de los otros. Es una conversación también superficial, pero tiene algo más de sofisticación. En este caso repetimos lo que otros han dicho, sea en casa o en un libro, sin aportar nada de nuestra propia cosecha. Repetimos comentarios enlatados, lecturas o citas sin hacer ningún tipo de valoración. En este segundo nivel se engloba también el cotilleo que, como es de suponer, puede ser simpático, pero una vez más resulta muy escaso para edificar una relación personal duradera.

Tercer nivel. Hablar de mis ideas. En estas conversaciones empiezo a mostrarme más en lo que cuento. Pueden ser ideas políticas, sobre la sociedad o sobre cómo deberían ser las cosas. Este nivel es muy mental y se caracteriza por no involucrar al otro. Por ello, puede convertirse en una “magnífica” charla de monólogos, ya que no necesariamente se escucha o se muestra curiosidad por la otra persona.

Cuarto nivel. Hablar de mis sentimientos. Es un paso muy superior, más constructivo. Hablo de lo que me ocurre y de lo que siento. Requiere un nivel de intimidad mayor que los anteriores, ya que desde aquí incluso me puedo mostrar vulnerable. Si digo que esto me duele o me hace muy feliz, le estoy dando a otra persona una información más sensible que si simplemente comparto mis ideas o hablo de los otros. Ahora bien, continúa siendo insuficiente, porque es unidireccional. Puedo hablar de lo que me ocurre, pero sin esperar que el otro haga lo propio.

Quinto nivel. Compartir sentimientos. Es el nivel más avanzado. Aquí se construyen las relaciones duraderas. No solo se habla de lo que uno siente, sino que se escucha y se intenta entender al otro. Resulta un encuentro de verdad, no un recital de monólogos. Cuando se alcanza este nivel, uno se siente reconfortado en la conversación, en especial, a la hora de hablar de los problemas o de resolver los conflictos.

En definitiva, una relación personal duradera implica poder conversar en los cinco niveles de comunicación. Habrá situaciones en las que necesitemos ser superficiales, hablar de los otros, de nuestras ideas o de nuestras emociones. Pero llegará un momento en el que necesitaremos, además, tener más intimidad y sentirnos escuchados. Y esto último solo lo conseguiremos desde el nivel más avanzado en la comunicación. Si este no se practica, será difícil desarrollar una relación personal plena y duradera en el tiempo. Por cierto, ¿cuáles son los niveles que más vives en tu pareja, con tus amigos o en tu trabajo?

Cómo puedes encontrar oportunidades cuando estás en una vía muerta laboral

La directora de una guardería que conocí dejó su carrera para cuidar a su hija recién nacida. Ella había estudiado Trabajo Social, pero durante aquel tiempo se formó también en economía. Pasados dos años cuando quiso regresar al mundo laboral, se reinventó como community manager de redes sociales de economistas. Y fue gracias a aquel periodo en el que abandonó su “carrera tradicional”. En la actualidad, es autónoma, gestiona su tiempo, está contenta y tiene proyectos para seguir creciendo. Pues bien, el caso de esta mujer es un ejemplo de cómo se pueden aprovechar las vías muertas para reinventarse. Todos en algún momento corremos el riesgo de caer en una vía muerta laboral, es decir, en una decisión que frena el desarrollo de nuestra carrera (también las hay personales y de pareja, pero este es otro cantar). Las vías muertas pueden ser de muchos tipos: empresas que no resultan nada sexys para buscar otro empleo luego, departamentos que no son nada estratégicos, temporadas que tomamos para cuidar a nuestros hijos o parientes, o meses sabáticos. Por supuesto, hay veces en que no nos queda más remedio que tomar dichas decisiones, que la vida no es solo trabajo y existen muchas otras dimensiones apetecibles. Pero aclarado todo lo anterior, veamos qué podemos hacer para convertirlas en oportunidades futuras.

Primero, necesitas reconocer una vía muerta. Puede ser muy deseable un determinado proyecto, dejar el trabajo o tomarse un tiempo de descanso, pero cuidado, es posible que acarree un cierto precio futuro. Los departamentos de selección suelen ser muy tradicionales y no siempre ven con buenos ojos los perfiles que se atreven a hacer cosas diferentes. Y esto no solo ocurre en el mercado laboral: las vías muertas también existen dentro de las empresas. Puedes cambiar de departamento porque te apetece, pero si el nuevo no tiene tanto peso estratégico puede resultar un freno en un posible ascenso. Por ello, si estás en una vía muerta, el primer paso es reconocerla para encontrar la oportunidad y saber que algo nuevo has de comenzar a hacer.

Segundo, necesitas asumir que una vía muerta es un periodo de hibernación, no de retirada. Al igual que los osos que hibernan en invierno siguen manteniendo funciones básicas para la supervivencia, nosotros podemos seguir haciendo ciertas tareas para mantenernos activos en el mercado laboral aunque no estemos trabajando. Realizar cursos gratuitos por Internet en universidades de prestigio que nos actualicen, alimentar las redes sociales, asistir de vez en cuando a conferencias o estudiar cosas que nos gusten, como le pasó a la profesional del caso anterior… El objetivo es demostrar que hemos estado activos y eso se consigue con algo que lo acredite. En caso de que la vía muerta sea dentro de una gran empresa, lo ideal es seguir manteniendo contactos con las personas influyentes o participando en proyectos transversales que ofrezcan visibilidad. Es decir, has de mantener actividades que sean un trampolín para tu futuro más allá del trabajo que hagas en el día a día.

Tercero, necesitas asumir que después de determinadas experiencias, es difícil regresar al punto del que se partía. Igual ocurre cuando uno se toma una baja prolongada en el tiempo: las cosas suelen haber cambiado, bien porque alguien ha ocupado nuestra posición, bien porque nosotros mismos hemos evolucionado. Por ello, después de periodos de ausencia en la “carrera laboral tradicional” vale la pena pararse a reflexionar sobre qué es lo que deseamos, en qué podemos aportar más valor añadido y abrir nuestro abanico de posibilidades. En vez de anhelar un puesto similar al de antes de la vía muerta, podemos reinventarnos e imaginarnos trabajando como autónomos, montando un negocio o tomando parte en un proyecto que nos satisfaga. En otras palabras, puedes aprovechar la vía muerta para repensarte a ti mismo y hacer un viraje en tu carrera profesional.

En definitiva, todos nos enfrentamos a decisiones más o menos complicadas en nuestro trabajo y podemos caer de manera consciente o sin darnos cuenta en una vía muerta. La idea no es evitarlas, porque a veces no es posible, porque no queremos o porque nos apetece vivirlas; sino ser conscientes de lo que implican y poner los medios para convertirlas en oportunidades de aprendizaje y de reinvención personal.