Los cinco miedos que te frenan para el éxito en tu trabajo

Si existe algo que te puede frenar tu éxito profesional, es el miedo. Quizá no lo llames así o pienses que a ti no te afecta, pero se esconde detrás de muchas excusas o quejas.

Por ejemplo, cuando no te atreves a dar tu opinión, cuando te cuesta dejar un trabajo aunque lo aborrezcas o cuando no tomas decisiones por evitar tu rumia mental… Todo lo anterior son temores más o menos velados, pero que impiden que puedas desarrollar todo tu potencial y sentirte mejor contigo mismo. Veámoslos con más detalle para poder identificarlos en tu trabajo.

Miedo a la no supervivencia o a no llegar a fin del mes. Es instintivo y desgraciadamente ha sido el protagonista para muchas personas después de esta larga crisis. Al igual que los animales defienden su comida, nosotros necesitamos proteger aquello que nos permite tener cobijo o alimento. Ocurre cuando no se tiene trabajo y se necesita, cuando te agarras al que tienes aunque no te guste, o cuando te angustia mirar la cuenta corriente.

Miedo al rechazo. Este es un clásico de las culturas latinas. Tiene que ver con el qué dirán en todas sus versiones: desde el miedo al éxito, a hablar en público, o a expresarse en un idioma que no controlas, hasta el miedo al ridículo. Tiene otras versiones más limitantes, como no expresar puntos de vista distintos y buscar agradar a todo el mundo aunque sea a costa propia.

Miedo al fracaso. Este es de los más habituales. Sucede cuando te cuesta asumir errores, cuando caes en los brazos del perfeccionismo más exagerado o cuando deseas el reconocimiento a cualquier precio. Es también muy paralizante, porque puede llevarte a no avanzar o a no tomar decisiones con tal de no equivocarte.

Miedo a la pérdida de poder. A la mayor parte de las personas les gusta tener cierto poder o capacidad de influencia aunque sea en la junta de vecinos o en el grupo de amigos. Cuanto más fuerte sea dicha necesidad, más acentuado será este miedo. Caerás en él si te cuesta perder un puesto de responsabilidad, si necesitas estar cerca (muy cerca) de la gente con poder o cuando el reconocimiento social te mueve muchísimo.

Miedo al cambio. Es el cajón de sastre donde se reúnen todos  anteriores y que caracteriza a muchísimas personas. Se observa cuando te resistes a cambios por pequeños que sean o cuando las nuevas ideas te resultan una amenaza.

¿Cuál es tu miedo más importante? Como suele suceder, depende de muchos factores: edad, posición en la jerarquía, nivel de autoestima… Mientras que a un parado de larga duración le preocupará cómo llegar a fin de mes, a un directivo de una multinacional le inquietará perder su tarjeta de visita y todo lo que eso conlleva. A pesar de ello, ambas personas seguramente compartirán varios de los miedos que aquí mencionamos. Nadie se escapa, ni siquiera los maestros budistas, que suelen decir: “Muy pocas veces no tenemos miedo. Solo cuando sentimos pánico”. Por ello, el reto no consiste en no sentirlo porque es imposible e, incluso, poco inteligente, ya que gracias al miedo somos prudentes. El objetivo, por tanto, es que no te paralice. Para conseguirlo, como primer paso hay que reconocer su impacto e identificar entre los tipos anteriores cuál te daña más y te impide alcanzar tus objetivos.

De lo que podrías arrepentirte en un futuro y que ahora podrías evitar

Trabajamos mucho, mantenemos relaciones no siempre saludables, nos preocupamos por tonterías… y de repente, llega un día en que miramos atrás y nos preguntamos cómo hemos podido perder todo ese tiempo. Puede que nos sintamos idiotas o, lo que es peor, que nos arrepintamos.

Pero, ¿el sentimiento del arrepentimiento sirve realmente para algo? (Lógicamente, no hablamos de cuando se cometen delitos, sino de arrepentirse por decisiones personales no tan agresivas). Veamos qué dicen los expertos, para tener pistas que nos sirvan para actuar ahora.

Comenzamos con un dato que puede dar “mal rollo”, pero que resulta sumamente inspirador. ¿De qué se arrepienten los enfermos terminales? Bronnie Ware, enfermera australiana especializada en estos casos, se hizo famosa por listar los “top” cinco arrepentimientos, que nos corroen en esos momentos. Son los siguientes:

1. Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera.

2. Ojalá no hubiera trabajado tanto.

3. Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía.

4. Habría querido volver a tener contacto con mis amigos.

5. Me habría gustado ser más feliz.

¿Te resuena alguno de ellos? Pues bien, sin llegar a esta situación de salud, los psicólogos se han metido en harina y han analizado de qué nos arrepentimos más y quiénes ganamos el premio. Neal J. Roese, profesor de la Kellogg School de la Northwestern University, es todo un experto en la materia y dice que las personas nos arrepentimos de tres grandes temas, por orden descendente: de los estudios realizados, de la carrera profesional que hemos escogido y de la relación de pareja. Pero no a todo el mundo le corroe lo mismo. El arrepentimiento depende del carácter, del género o incluso de la cultura. Curiosamente, las mujeres nos llevamos la palma en el capítulo de las relaciones personales. Parece que el 44 por ciento de las mujeres nos arrepentimos de las decisiones amorosas (léase, “¿por qué no me fui con tal persona y estoy con la actual?”, por ejemplo); mientras que solo le ocurre al 19 por ciento de los hombres. También puede reflejar la capacidad práctica de los caballeros en estos terrenos. Si seguimos profundizando más, parece que el arrepentimiento surge cuando se tienen otras opciones. Se ha descubierto, por ejemplo, que los jóvenes occidentales se arrepienten más de sus decisiones que los jóvenes de culturas donde el matrimonio es concertado o el futuro profesional está más definido. “Total, como no he decidido, por qué voy a sufrir”, podría pensarse. Y dicho todo esto, ¿qué podemos hacer?

Lo primero, el arrepentimiento está relacionado con las opciones y con caer en el absurdo ejercicio de lo que hubiera sido. Por tanto, evitemos esos pensamientos que no sirven para mucho. Como hemos visto en anteriores post, además, no a todo el mundo le afecta del mismo modo, por lo que si cambiamos la forma de enfocar el problema, quizá también seamos capaces de ser más amables con nosotros mismos. Y por último, y quizá más importante, cuando estamos en situaciones límites como las personas en estado terminal, anhelamos el habernos atrevido a seguir más nuestros sueños. Aunque sepamos que el arrepentimiento se puede modular, vale la pena no caer en él. Por eso, seamos conscientes de qué queremos, démonos el permiso, busquemos los recursos y despertemos la determinación para hacerlo. Porque el error duele, no cabe duda, pero parece que duele aún más el arrepentimiento por no atrevernos a cumplir nuestros sueños.

El secreto del estrés que no conoces y que lo convierte en tu aliado

El estrés ha tenido el sambenito durante décadas. Se le atribuye el origen de muchos problemas de salud, como trastornos gastrointestinales o enfermedades cardiovasculares. Casi nada. Y además, existe la creencia colectiva que tener una vida estresada es de lo menos recomendable para nuestras relaciones personales. Pero, ¿todo ello es verdad?
La ciencia, que se esmera en comprobar si nuestras creencias son ciertas o no, se ha puesto manos a la obra para verificar si el estrés es el origen de tantos trastornos. Hay un primer dato que lo pone en duda, como cuenta Kelly McGonigal, psicóloga de Stanford. Después de un estudio a más de 30.000 adultos en Estados Unidos durante ocho años, se analizó el grado de estrés que tenían y se comprobó quiénes habían fallecido. Para aquellos que vivían una vida muy estresada, las probabilidades de morir se incrementaban un 43 por ciento. Hasta aquí se confirma la creencia colectiva, pero existe una importante matización. “Pero eso solo fue cierto para aquellos que pensaban que el estrés era perjudicial para la salud”, dice McGonigal en su charla TED vista por más de diez millones de personas. Es decir, lo que pensemos sobre el estrés es lo que lo convierte en un aliado o en un enemigo. Y lo más apasionante, depende de nosotros.
Al igual que podemos tener una mentalidad de crecimiento o fija y pensamos que nuestros éxitos son por nuestros esfuerzos o por nuestra genética, también podemos desarrollar una mentalidad más o menos amable con respecto al estrés que vivimos. Y esta se puede modular, como demostró Alia Crum en la Universidad de Yale en un experimento. Se pidió a un grupo de estudiantes que visionaran unos videos breves sobre los efectos del estrés en la salud, en el rendimiento y en el aprendizaje durante una semana. A unos, los videos ofrecían una mirada amable y a otros se les ponía en la peor de las situaciones. Pasada una semana, se midió qué tipo de mentalidad tenían los estudiantes frente al estrés. Curiosamente, aquellos que habían visionado videos con tono amable, tenían una mirada mucho más positiva frente al estrés que aquellos que habían visto videos hablando en tono negativo. Por ello, en la medida que conozcamos los beneficios del estrés, podremos desarrollar una mentalidad que nos ayude a afrontarlo con éxito.
¿Y cuáles son sus beneficios? Hay varios. Por un lado, el estrés nos genera adrenalina, lo que nos aporta energía para hacer cosas que nos dan una pereza increíble. Y si no, recuerda cuando has dejado algo importante para el último momento. Puedes pensar que ha sido por falta de organización, pero quizá inconscientemente buscabas luchar contra el tiempo, generar adrenalina y así encontrar un pequeño reto. También nos ayuda a impulsar la oxitocina, más conocida como la hormona del amor, porque nos acerca a las otras personas, como explica McGonigal. En definitiva, el objetivo no es tener una vida estresante, que no es la panacea, sino saber que si queremos que no nos haga más daño, necesitamos contemplar también su parte amable. Y lo que demuestra la ciencia es que dicha mirada depende de nosotros y no solo de lo que nos ocurra.

¿Cuándo un objetivo es un marrón o un desafío?

El estado de flujo se provoca cuando el esfuerzo ante el desafío nos exige emplear a fondo nuestras capacidades. Por el contrario, cuando no hay desafío el aburrimiento dominará la situación.

Viene tu jefe entusiasmado y te dice: “Tengo un reto para ti”. Y tú piensas: “Menudo marrón”. Las opiniones distintas pueden ser por muchos motivos: porque intenta vender algo que es difícil de comprar o porque quizá haya diferencia de expectativas. Y esto último es lo que nos interesa. El director del Quality of Life Research Center de la Claremont Graduate University, en California, Mihaly Csikszentmihalyi, investigó sobre qué actividades nos entusiasman hacer y nos hacen felices o cuáles son realmente un marrón, aunque lógicamente utilizó otros términos. Para ello, propuso dos ejes, uno donde se recoge el nivel de desafío que supone, alto o bajo; y otro, las habilidades que tenemos para ello, altas o bajas. De este modo, obtuvo ocho tipos. El nirvana está en las actividades que nos hacen entrar en un estado de flujo, es decir, en aquellas que suponen un esfuerzo, porque existe desafío, pero al mismo tiempo, nos exigen dedicar un nivel elevado de nuestras capacidades. En esos momentos, necesitamos poner toda la atención y curiosamente, el tiempo pasa volando. Puede ser haciendo deporte, teniendo una conversación interesante, escribiendo o haciendo una marcha por la montaña. Lo que sea que te hace sentirte muy bien. Pero, junto a esas actividades conviven otras que son menos placenteras.

Cuando nuestro nivel de habilidades o conocimientos son bajos, es cuando entramos en el terreno del “marrón”. Si el desafío es escaso, como por ejemplo redactar el informe del informe del requeteinforme o hablar con alguien que se enrolla más de lo que te gustaría, puedes caer en el aburrimiento o la apatía. Hay otros marrones, sin embargo, que lo pasamos peor. Estos son cuando nuestro nivel de preparación es bajo para el desafío que nos supone, como hacer una presentación en público en un idioma extranjero o tener una conversación valiente con alguien que aprecias pero que no te gusta lo que está haciendo.

Existen otras actividades que nos estimulan algo más, aunque no nos ayudan a entrar en el estado de flujo, porque su nivel de desafío es bajo. Eso sucede en aquellas que controlamos mucho la materia o estamos, incluso, en una total relajación, como asistir a una reunión periódica o presentar unos datos a unos compañeros. Si el desafío es algo mayor pero todavía no suficiente, puede que incluso nos sintamos estimulados, pero no se llega todavía al estado de flujo.

¿Y se puede convertir un marrón en un desafío? Como siempre, tenemos margen de maniobra. Si el problema viene por la falta de capacidades, la solución es relativamente fácil: necesitamos entrenar más la presentación que nos angustia o ensayar esa conversación que tanto nos cuesta (por supuesto, hay cosas que requieren más trabajo que otras). Si el desafío es menor, podemos nosotros inventarnos el reto: como cronometrar el tiempo del informe para rebajar nuestra marca, observar a la persona que nos cuesta con otra mirada o incorporar alguna dificultad a aquello que nos hace estar tan relajados o simplemente estimulados.

En resumen, los marrones pueden dejar de serlo cuando aumentamos la percepción de desafío y mejoramos en las capacidades que se requieren poner en juego. Y no olvidemos que los estados de flujo tan deseados se perciben cuando conviven ambas variables. Por ello, no es de extrañar que actividades cómodas como ver la televisión esté en el furgón de cola, donde solo entre el 7 y 8 por ciento de las ocasiones nos ayudan a entrar en dicho estado. Así pues, busquemos desafíos y mejoremos nuestros niveles de capacidades requeridas.

Aprende a conocerte con la ventana de Johari

Un día alguien te hace un comentario de ti y piensas: “No tienes ni idea de quién soy”. Puede que tengas razón… o puede que no.

La realidad es que todos tenemos áreas de nosotros que el resto desconoce, pero también ocurre al contrario. Los demás coinciden en algo de nuestra forma de ser y, sin embargo, no somos conscientes de ello. Por ejemplo, creemos que trabajamos muy bien en equipo y el resto de compañeros esperan más de nosotros. O pensamos que se nos da mal hablar en público porque nos ponemos muy nerviosos y nuestros colegas opinan que nos desenvolvemos a las mil maravillas. Pues bien, las diferentes percepciones suele ser un foco de problemas en las relaciones personales y profesionales, por eso, si mejorásemos en nuestro autoconocimiento, tendríamos mayor capacidad para reducir posibles conflictos con los que nos rodean. Para conseguirlo, dos profesores universitarios, Joseph Luft y Harry Ingham, diseñaron una herramienta que la bautizaron como la ventana de Johari, en honor a sus apellidos (que no a un lugar en la tierra con este nombre, como alguna ha escrito). Consta de dos ejes: el horizontal recoge lo que sé o lo que desconozco de mí mismo. Y en el vertical lo que los otros saben o desconocen de mí. De este modo, se crean los siguientes cuadrantes:

  • Área pública o “sé que lo sabes”: aquí se sitúan las experiencias y los datos que conoces tanto tú como las personas que te rodean. Son las zonas comunes. Por ejemplo, agradable, le gusta hacer bromas, analítico, reflexivo… o lo que sea, que tú también estés de acuerdo.
  • Área ciega o “no sé que lo sabes”: se refiere a la percepción que tienen los demás de ti mismo y de la que no siempre eres consciente, como la manera de hablar, de actuar o de interaccionar con el resto. De algún modo, es lo que se dice a la espalda sin que sea negativo necesariamente. Por ejemplo, las bromas que gasta no hacen demasiada gracia, aporta más al equipo de lo que él cree…
  • Área oculta o “sé que no lo sabes”: como indica la palabra es aquella parte de ti mismo que solo tú conoces y que no muestras en público por miedo a la reacción de terceros o a sus repercusiones. Puede ser una timidez que no se note y que se compensa con las bromas o una prepotencia que se intenta disimular con dosis de aparente humildad.
  • Área desconocida o “no sé y no lo sabes”: es el área que representa aquello de lo que ni tú ni tu entorno sois conscientes de ello. Se refiere a rasgos que desconoces hasta ese momento y que podrían ser un potencial por descubrir. Por ejemplo, una actitud valiente que de repente surge y que nunca antes se hubiera imaginado; o un deseo de alcanzar una posición jerárquica que ni la persona era consciente.

Pues bien, si deseas rellenar tu ventana de Johari necesitas algo crucial: feedback (y siento el anglicismo) de quienes te rodean tanto en el plano profesional como en el personal. Es importante escuchar y preguntar sobre qué opinan las personas de uno mismo. Lógicamente, cuando se hace el ejercicio, se requiere sinceridad y aguantar el tirón, ya que es difícil solicitar opiniones si se reacciona de manera poco amable. Cuanta más información se recoja, mejor. Después, se coloca en las distintas áreas y se valora cuál es la que más peso tiene (la desconocida es bastante difícil de acceder y esa solo surge a través de un proceso de reflexión profundo). Y lo más importante, cuanto más grande sea el área pública, más confianza, más autoconocimiento y mayor comunicación abierta existe. Por ello, si lo que deseamos es tener mejores relaciones personales en el trabajo o en nuestra vida privada, vale la pena reflexionar sobre si lo que mostramos es coherente con lo que los otros ven de nosotros mismos y hasta qué punto tenemos secretos ocultos que juegan o no a nuestro favor.

¿Qué le pasa a tu cerebro cuando te equivocas?

¿Por qué hay personas que les fascinan los retos y otras que prefieren evitar cualquier desafío para no equivocarse? Carol Dweck, psicóloga de la Universidad de Stanford, dio la respuesta con una clasificación muy sencilla. Todos podemos tener dos tipos de mentalidades: una orientada al crecimiento y otra fija.

Las personas con “mentalidad de crecimiento” piensan que el éxito depende del esfuerzo, del trabajo o de sudar la camiseta. Sin embargo, las personas con “mentalidad fija” creen que depende de habilidades innatas y tienen urticaria ante cualquier error. “Si no se ha nacido con dichos dones, ¿para qué intentarlo?”, se plantean. Curiosamente, el hecho de decantarnos por una o por otra no depende de cuestiones genéticas, sino de educación, como demostró Dweck con alumnos de once años y después de que hicieran un trabajo difícil. A aquellos a los que les reconoció que su éxito dependía de su esfuerzo, se atrevían después con otro desafío aún más difícil. “Total, si me equivoco, no importa”, pensaban. Sin embargo, a los niños que se les dijo que lo habían conseguido porque eran muy listos o muy inteligentes, cuando el reto iba en aumento, preferían no intentarlo… “¿Para qué probar suerte y equivocarme? Mejor me quedo como estoy y así sigo demostrando que soy inteligente”, era el pensamiento que lo resumía.

Este resultado resulta muy desconcertante. Siempre se ha dicho que es bueno reforzar la autoestima de nuestros hijos con el verbo “ser”, ser muy buen chico, muy listo… Sin embargo, como ha comprobado Dweck, con esta técnica corremos el riesgo de reforzar también la mentalidad fija. Cuando esto ocurre, no se encaja el error y se evita cualquier desafío que nos haga salirnos de nuestra zona de confort, como también ha comprobado la neurociencia.

Jason S. Moser y sus colegas en la Universidad de Michigan State han descubierto qué nos ocurre en nuestro cerebro cuando nos enfrentamos a una equivocación. Dependiendo de si nuestra mentalidad es de aprendizaje o fija, la actividad neuronal ante un error será más activa o menos. En otras palabras, cuando pensamos que podemos aprender, si nos equivocamos, se despierta un intenso baile neuronal para identificar causas, patrones o aprendizajes que nos sirvan para un futuro (color rojo de la imagen). Sin embargo, si nuestra mentalidad es fija, ante una equivocación, echaremos balones fuera, nos justificaremos con mil y un argumentos y nuestra actividad neuronal para encontrar razones para el aprendizaje quedará un tanto dormida (color verde). Y todo ello no depende de la edad. Según Dweck, el 40 por ciento de las personas tienen “mentalidad de crecimiento”; otro 40 por ciento, su “mentalidad es fija” y el resto, dependiendo del momento.

¿Qué podemos hacer? Lo primero de todo, revisar la educación. Comencemos a valorar el esfuerzo y no solo las habilidades innatas. Si queremos que nuestros hijos se enfrenten con seguridad a los desafíos, es mejor que vivan el error de una manera constructiva y no evitándolo a toda costa. Por ello, tengamos cuidado con los reconocimientos que hacemos e incluyamos también el concepto de trabajo y no solo el ser un niño o niña muy lista o inteligente.

Segundo, asumamos que nuestro cerebro es plástico, que somos capaces de crear nuevas conexiones neuronales si comenzamos a proponérnoslo. Por ello, reflexionemos qué tipo de mentalidad tenemos (de manera sincera, que no siempre ocurre). Si solemos buscar excusas ante los desafíos, comencemos a darnos cuenta de que la mayor parte de las personas que encajan los fracasos mejor que nosotros tienen “mentalidad de crecimiento”, que esta no es innata y que se puede desarrollar a cualquier edad. Por tanto, no valen las excusas.

¿Por qué nos viene bien trabajar (y no solo para el bolsillo)?

Aunque la palabra trabajo proviene de un instrumento de tortura, necesitamos dignificarlo. Trabajar no es necesario solo para sobrevivir, sino para realizarnos como persona.

Es curioso que el día del Trabajo se festeje tomándonoslo libre, que equivaldría a celebrar el día de la madre sin ella. La propia palabra tampoco evoca cosas buenas. De hecho, el término trabajo proviene del latín y de un instrumento de tortura, que tenía tres palos (tripalium). Casi nada. El término negocio tampoco se queda atrás, ya que significa no-ocio. Y reconozcamos algo: hay muchas cosas muy apetecibles en la vida más allá del trabajo y existen profesiones que son durísimas y máxime en países con altas tasas de pobreza. Pero dicho todo eso, es hora de desestigmatizarlo. Necesitamos trabajar por algo más que por dinero, porque también es un camino para la realización personal, la satisfacción con uno mismo y la felicidad. Es bueno reconocerlo y decirlo a los jóvenes, en especial, cuando se enfrentan a su primer empleo creyendo que es el final de los buenos días (por supuesto, el mercado laboral y las condiciones a las que se enfrentan son poco alentadoras, pero nos referimos a algo diferente).

Lo opuesto al trabajo vendría a ser el ocio, entre otras actividades. El ocio es necesario, pero el trabajo también. Carl Rogers, uno de los psicólogos humanistas más relevantes del siglo pasado, decía que a las personas nos mueven dos grandes necesidades: ser parte del grupo y el autodesarrollo. El buen trabajo consigue ambos objetivos: por un lado, nos sentimos parte de un proyecto, de un equipo o de un propósito. Y por otra parte, nos ofrece el camino para el aprendizaje y el desarrollo. Ahora bien, para conseguirlo requerimos esfuerzo. Es más, aquellos trabajos que son monótonos, que nos aburren o que no nos implican un desafío tampoco nos motivan. Lo demostró Mihaly Csikszentmihalyi, profesor de la Universidad de Chicago, cuando midió la felicidad de las actividades cotidianas. Cuando hacemos un trabajo que nos absorbe y que nos obliga a dar lo mejor de nosotros mismos, es cuando conseguimos la autorrealización y los instantes de felicidad. Pero, claro, todo ello implica trabajar y esfuerzo. Y es posible que la mala fama del concepto del esfuerzo esté relacionado con nuestra cultura.

En la cultura latina el esfuerzo no tiene tan buen marketing como en la anglosajona. No hace falta más que ver de qué nos jactábamos cuando éramos pequeños: de lograr aprobar un examen sin dar ni golpe. En la prueba teórica de conducir se observa de maravilla: nadie estudia (o casi nadie reconoce haberse esforzado). Se copia en los exámenes y a pocos se le ocurría chivarse al profesor. Desde el colegio en las culturas anglosajonas el trabajo se considera algo serio y se le respeta. Aquí, sin embargo, el que se esfuerza está mal visto por los compañeros (o se le considera el “pringado” del grupo). Todo esto no significa poner por encima de toda nuestra vida el trabajar, trabajar y trabajar, como ocurre en otras culturas, como las asiáticas, como me contó una directora de Recursos Humanos de una empresa de esos países. Cuando sus directivos originarios de allí eran de nuevo reclamados a la central después de varios años en España, lloraban desconsolados porque habían vivido también el placer del ocio. Por tanto, el reto es el equilibrio: valorar el ocio y el trabajo como fuentes de felicidad y como algo necesario para ayudarnos a sentirnos bien con nosotros mismos.

En definitiva, está claro que las empresas, los jefes, las condiciones laborales, una necesidad de mejores sueldos y un largo etcétera nos ayudaría a tener trabajos más gratificantes y motivadores. Pero dicho esto, el trabajo en sí mismo también tiene su valor y hay que reconocérselo como camino de desarrollo personal y de felicidad.