Cómo mantener la templanza en tiempos agitados

Necesitamos templanza cuando tenemos problemas o cuando vivimos tiempos agitados. Es lo que nos permite enfriar las emociones, pensar con claridad y tomar decisiones más inteligentes a pesar de las circunstancias. Sin embargo, la templanza cuesta mucho. Máxime cuando las cosas nos duelen o cuando somos parte de un grupo en el que los sentimientos están a flor de piel. A diferencia del miedo o de la ira, la templanza no nos surge de manera natural ante las amenazas. Requiere tiempo y muscular partes de nuestro cerebro que no son tan rápidas, como explica Daniel Goleman en su libro Inteligencia Social.

Cuando recibimos una información del medio, se activan dos vías en nuestro cerebro: la vía inferior, donde se encuentran los centros emocionales, el cuerpo y los sentidos; o la vía superior, donde se localiza nuestro razonamiento. Entre las dos está la corteza orbitofrontal, que es la que calibra ambas zonas en la toma de decisiones. Pues bien, cuando vemos imágenes que nos asustan, nos horrorizan o nos fascinan, la primera vía que entra en funcionamiento es la inferior. Y es muy, muy rápida, debido a las neuronas que la pueblan, las fusiformes, que tienen forma de huso, son hasta cuatro veces mayores en dimensión que las neuronas medias y son responsables del contagio emocional entre las personas. Su tamaño y forma hacen, además, que se comuniquen más rápido que ninguna, hasta en 500 milisegundos.

Junto con la vía inferior está la vía superior, la del cerebro pensante y lo que nos diferencia del resto de los mamíferos. El problema es que es más lenta y le cuesta despertar cuando se viven fuertes sentimientos a nivel individual o colectivo. Las emociones compartidas en grupos a los que pertenecemos tienen mayor resonancia, son más intensas y dejan nuestro cerebro pensante al ralentí. Y el motivo es la supervivencia. Si veíamos a alguien con cara de miedo correr, teníamos más probabilidades de salir con vida si también nosotros nos asustábamos y salíamos corriendo. Lógicamente, este mecanismo de contagio no siempre resulta práctico, como ocurre en la adolescencia, por ejemplo, en la que se imitan cosas poco aconsejables, o en situaciones de pánico o de ira colectiva, cuando nos podemos dejar arrastrar sin que tenga necesariamente mucho sentido.

Ahora bien, aunque nuestros instintos y emociones sean tan rápidos y tan poderosos, también podemos poner un poquito de sentido común. Cuando no nos dejamos llevar por lo primero que se nos pasa por la cabeza, despertamos la vía superior, activamos las zonas prefrontales de nuestro cerebro y comenzamos a entrenar la templanza. Se puede fortalecer si utilizamos mecanismos que nos ayuden a parar, a reflexionar y a tomar distancia. Por una parte, necesitamos reducir el impacto de la vía inferior observando las emociones sin caer en ellas, transformándolas a través del deporte o del ejercicio físico, o protegiéndonos cuando el grupo al que pertenecemos está en una espiral emocional intensa. Por otra parte, necesitamos activar la vía superior accediendo a otros puntos de vista, evitando comentarios incendiarios que nos alimentan emociones poco saludables, estableciendo planes de acción realistas y relativizando lo que nos ocurre.

En definitiva, la templanza es la conquista de nuestros instintos y de nuestras emociones básicas. El miedo tiene tendencia a agrandar y a deformar la realidad, máxime si se vive de una manera colectiva. La templanza, sin embargo, neutraliza su impacto, pero para ello necesitamos conocernos a nosotros mismos, a nuestras trampas y a nuestros recursos. Si despertamos la vía superior, seremos capaces de contemplar nuestros problemas con distancia suficiente para identificar más opciones y vivirlas con mayor serenidad. O, parafraseando a Cicerón, si desarrollamos templanza, tendremos uno de los mejores capitales que podemos poseer. Aprovechemos los problemas y los tiempos agitados para entrenarla.

Cuando estás cerca de un pasivo agresivo y no lo sabes (aunque lo sufras)

Tienes una fiesta y a tu pareja no le apetece nada ir. Te dice que va, pero pierde el tiempo de tal manera que, cuando está listo, la fiesta casi ha terminado. O puede que trabajes con un compañero al que constantemente le pides informes que nunca envía y que, cuando se lo recuerdas, se hace “el sueco”. Si has vivido algunos de los ejemplos anteriores, ya conoces los comportamientos pasivos agresivos o la agresividad silenciosa. Todos hemos sufrido alguno y puede incluso que los hayamos protagonizado. Si estas actitudes son la única manera que tiene una persona de relacionarse, es cuando se dice que sufre un trastorno. Pero no hace falta llegar a ese extremo para sufrirlo en el día a día. De hecho, la agresividad silenciosa es mucho más común de lo que nos imaginamos. La encontramos en las relaciones laborales, entre amigos y, por supuesto, en la pareja. Es el resultado de diversos factores: conflictos de autoestima, sensaciones de abandono en la infancia, habitualmente de la madre, de conductas aprendidas… Y la experimentan tanto hombres como mujeres. Los comportamientos agresivos silenciosos son difíciles de reconocer a simple vista, resultan en ocasiones resbaladizos, pero son muy dolorosos para quien lo sufre y para ellos mismos. Veamos cómo actúan para entenderlos.

El silencio es su principal arma

Un pasivo agresivo se enfada como cualquier otro mortal, pero no lo verbalizará y lo expresará de otro modo: ignorando a la otra persona durante tiempos dilatados. Detrás de esa actitud hay dolor, pero una mezcla de orgullo de fondo y de miedo les impide expresar sus necesidades reales. De este modo, si un tercero le expone el conflicto, rehuirá hablarlo. Lo negará o hará como que no existe.

Contigo pero sin ti

Un pasivo agresivo es muy dependiente, aunque no lo reconozca. Le gusta que le cuiden pero al mismo tiempo, desea la libertad, su autonomía y que no le den órdenes. Eso hace que sea un carácter ambivalente e incoherente muchas veces con lo que dice o con las expectativas que tiene la otra persona hacia él o hacia ella.

Agresividad escondida

Su dificultad para expresar lo que quiere, su dependencia y el enfado cuando no se siente querido es un cóctel molotov en las relaciones personales, principalmente. Le lleva a actuar con estrategias de no confrontación: no habla, no presta atención al otro apagando el móvil, olvida lo que se le ha dicho antes… Si la otra persona se enfrenta a su comportamiento, él o ella buscará “salir de rositas” en la discusión, negando la mayor.

Victimismo en estado puro

El pasivo agresivo tiene dificultades para reconocerse a sí mismo lo que le ocurre o de reconocérselo a los demás. Su falta de autocrítica y de flexibilidad le lleva a entender que está en lo correcto y que el resto del mundo es culpable de lo que le sucede. Por ello, aunque se haya pasado varios días sin hablar con la pareja o con un amigo que le insiste con llamadas de preocupación, tiene tendencia a ver solo su propio dolor.

¿Y cómo actuar con un pasivo agresivo? Con tres estrategias. La primera, reconoce al otro cuando ha caído en ese estado y deja que se le pase. Si necesitas discutir o hacerle ver que se ha equivocado, estás perdido. El pasivo agresivo se encerrará más en sí mismo. Por ello, dale tiempo. Su miedo al abandono le hará recular en algún momento. Segundo, toma distancia. No lo vivas como un ataque personal, sino como una respuesta a su dolor mezclado con dificultades para expresarlo. Por ello, aunque te duela, mírale con compasión. Y tercera estrategia, cuando haya pasado la intensidad de su comportamiento, razónaselo de manera calmada, sin acusaciones personales, expresando qué te ocurre a ti cuando él o ella actúan de ese modo. El objetivo es encontrar soluciones conjuntas. Lógicamente, si la actitud es sumamente recurrente, la mejor opción es buscar ayuda profesional.

En definitiva, la agresividad silenciosa es muy frecuente y muy dolorosa. No hace falta tener un trastorno para manifestarla. En la medida en que sepamos reconocerla en la otra persona o, incluso en uno mismo, sabremos actuar con mayor serenidad y eficacia.

¿Cómo puedes remontar una situación?

Hay veces en que las cosas no te salen como te gustaría. Puede ser una relación o un proyecto, algo en lo que has invertido tiempo y esfuerzo y te gustaría remontarlo. Esto le ocurre muy a menudo a los deportistas profesionales cuando están en una final y el resultado no les acompaña. Si pudiéramos identificar qué hacen ellos cuando consiguen dar la vuelta a un marcador, podría darnos claves para saber qué podemos hacer nosotros en nuestra vida personal o profesional. Y esto es lo que analiza de modo muy interesante José Luis Llorente Gento, el que fuera jugador de la selección española de baloncesto, ganadora de la primera medalla olímpica de plata en 1984 en Los Ángeles. José Luis, en su libro Espíritu de remontada, explica qué técnicas utilizan los jugadores de élite de diversos deportes para remontar situaciones difíciles. Veamos su propuesta para aplicarlo en tu día a día.

La primera clave es el deseo. Las cosas que se resisten requieren pasión y esfuerzo. Si no las deseas con fuerza, es difícil que las consigas. Los jugadores quieren un triunfo, pero esa motivación por sí misma no es suficiente. Como dice José Luis, “la remontada comienza con el deseo de ganar una medalla o de pasar la eliminatoria, pero cuando estás enfrascado en el partido, lo que determina que perseveres en el esfuerzo es, por ejemplo, la sensación de que estás haciendo un buen trabajo”. Por ello, el deseo es el punto de partida, pero tiene que haber algo más, un propósito o un disfrute de lo que haces en cada momento. Si este no existe, es difícil que aguantes para estudiar unas oposiciones o preparar ese informe que parece infinito. Por tanto, ¿qué te mueve exactamente en ese proyecto que tienes entre manos? Y, mientras estás haciéndolo, ¿con qué disfrutas?

El segundo elemento clave en una remontada (y en la vida) son los valores. Los valores no son los compañeros del éxito, son la causa y el sello que nos caracteriza. Cuando las cosas no pintan bien o tenemos dudas en decisiones trascendentes, necesitamos acudir a nuestros valores, a lo que nos identifica como personas y que necesitamos tener muy presente cuando queremos remontar una situación. Por ello, pregúntate, ¿qué valores quieres que te definan en estos momentos?

El deseo y los valores son el punto de partida, pero hacen falta más cosas para que la remontada se produzca. Por una parte, necesitamos trabajo y esfuerzo, confianza en uno mismo y en el equipo, generosidad en lo que hacemos y un entorno que nos rete. El trabajo, aunque sea rutinario, nos ha de entrenar para nuestro objetivo final. Como resume José Luis con la metáfora de la película Karate Kidde fondo: “dar cera, pulir cera: conecta lo que haces con la mejora de tus capacidades”. Las remontadas se consiguen cuando hay energía para ello, porque una vocación sin esfuerzo solo es imaginación. No se consiguen los grandes objetivos sin sudar la camiseta y sin paciencia. Por ello, ¿cuánto estás dispuesto a trabajar para lograrlo?

Otras dos claves importante son la confianza y la generosidad. La confianza en uno mismo y en otros nos crea los espacios de libertad necesarios para sacar lo mejor de nosotros mismos. La confianza es la puerta de la creatividad, tan necesaria para buscar las soluciones a problemas que se nos resisten. La generosidad es la vertiente ética de los valores, la virtud más apreciada en los equipos y una motivación poderosa. Lo que hacemos por otras personas a veces es muy superior a lo que haríamos por nosotros mismos. Por eso es tan importante un entorno retador, con el que compartamos valores y que nos anime a esa remontada. Si piensas en ese proyecto que tienes entre manos, ¿tienes confianza en ti y en quienes te rodean?, ¿estás siendo generoso?, ¿tu entorno te apoya?

En definitiva, todos necesitamos remontar situaciones que nos resultan difíciles y estas pueden resultar más fáciles si nos apoyamos en un deseo real, una motivación que nos anime, valores, confianza y generosidad en un entorno retador. Así sucede a los deportistas de élite según José Luis Llorente, así puede sucedernos al resto.

Los cuatro trucos para mejorar tu memoria

Imagina que pudieras memorizar las cartas de una baraja colocadas aleatoriamente en noventa segundos, o una secuencia de más de cien dígitos en menos de cinco minutos. ¿Imposible? No, Chester Santos ha sido capaz de hacerlo, lo que le ha supuesto, junto a otras pruebas, convertirse en el campeón de memoria en Estados Unidos hace unos años. Y lo que lo ha hecho posible ha sido el entrenamiento, algo que todos en mayor o medida podemos hacer para recordar mejor las cosas según Wendy Suzuki, directora del laboratorio de investigación de Nueva York. Veamos cómo conseguirlo en cuatro fáciles claves.
La primera clave sencilla para mejorar la memoria es la repetición. Seguro que tienes la experiencia de recordar fácilmente un movimiento de baile, de deporte o de conducción cuando lo has repetido un sinfín de veces. El motivo es químico. Hemos generado un nuevo hábito, es decir, un nuevo cableado neuronal, que actúa inconscientemente. Por eso no es de extrañar que sin darte cuenta te hayas dirigido al trabajo en coche cuando realmente querías ir a otro sitio. No es que estés obsesionado, sino que la repetición genera un nuevo surco en la memoria que te juega buenas (o malas) pasadas. Por eso, si quieres aprender algo nuevo, el primer punto es repetir, repetir y armarte de paciencia.

Otra clave para recordar cosas nuevas es la asociación. Según la conferencia TED de Chester Santos, este es su truco cuando memoriza una lista de nombres como, por ejemplo, mono, pesas, casa… En vez de fijarse en la palabra, crea una historia que le ayuda a recordarlo, tipo “el mono está haciendo pesas en una casa…”. La asociación puedes llevarla a tu día a día de muchos otros modos, como a la hora de recordar los nombres de personas que acabas de conocer, algo que, por cierto, solemos olvidar con facilidad según ha demostrado la ciencia (una buena explicación para no sentirnos mal con nosotros mismos). Por ello, el truco es asociar cada nombre a una persona que ya conoces anteriormente. De este modo, cuando te presentan a Juan, por ejemplo, evocas a un amigo tuyo que también se llame así. Si aplicas este pequeño truco, muy posiblemente te resulte más sencillo acordarte de su nombre.

La resonancia emocional es otro de los pegamentos de la memoria. Seguro que recordarás qué estabas haciendo cuando supiste lo del 11S o cuando te dieron una noticia que te sorprendió, o un momento en el que disfrutaste muchísimo. El motivo se debe a la amígdala, la zona del cerebro emocional que tiene la cualidad de registrar sensaciones intensas. Por ello, todo aquello que hayas vivido con intensidad emocional te será más fácil de memorizar, como una asignatura que te gustara mucho en el colegio o la visita que hiciste a algún lugar que te fascinó. Así pues, en la medida en que algo te guste, incluirás emociones y te resultará más fácil memorizarlo.

Y por último, el cuarto truco es la novedad. Lo nuevo atrae a nuestro cerebro y lo recuerda. Esto se debe también a la resonancia emocional que nos despierta. Por ello, resulta más fácil recordar los nombres anteriores del ejemplo de mono, pesas, casas, etc., si la historia que construyes es sorprendente o descabellada. Un mono haciendo pesas no es muy habitual, sin duda. Podríamos decir que a nuestro cerebro le gusta divertirse un poco. Por ello, si utilizas también tu imaginación y creatividad a la hora de escribir las cosas que no quieres que se te olviden, se lo pondrás más fácil a tu memoria. Le es más fácil recordar palabras decoradas o pintadas artísticamente que recogidas en un documento de Excel.

En definitiva, la mayor parte de los mortales deseamos tener mejor memoria. Como dicen los expertos y los científicos, esta puede entrenarse si somos capaces de repetir lo que es nuevo, de asociarlo a conceptos que ya conocemos, de vincularlo a emociones y de jugar con la novedad.

Las doce preguntas clave para saber si tu ambiente de trabajo ilusiona (o no)

¿Qué caracteriza a los mejores ambientes de trabajo respecto a aquellos que no ilusionan? Esta pregunta se la formularon hace años Marcus Buckingham y Curt Coffman de la empresa Gallup. Estaban interesados en el ambiente de trabajo, no en el mobiliario o en las condiciones físicas, sino en aquello que se respira, que anima o que desmotiva profundamente y que depende del jefe, los compañeros y las políticas organizativas. Para encontrar la respuesta, Gallup realizó una investigación que duró veinte años y por la que pasaron más de un millón de personas. El resultado fueron doce claves. Dependiendo de las respuestas que dieran los trabajadores a doce preguntas, se podría valorar si era un ambiente óptimo o no. Veámoslas a continuación y, si quieres y por simplificar, intenta responderlas con un “sí” o un “no” pensando en tu situación laboral. Después, cuenta el número de respuestas de cada tipo:

  1. ¿Sé lo que se espera de mí en el trabajo?
  2. ¿Dispongo de los materiales y el equipamiento que necesito para hacer correctamente mi trabajo?
  3. En mi trabajo, ¿tengo la oportunidad de realizar diariamente lo que mejor sé hacer?
  4. En los últimos siete días, ¿he recibido algún reconocimiento o elogio por hacer bien mi trabajo?
  5. ¿Tengo la sensación de que mi jefe u otra persona de la empresa se interesan por mí como persona?
  6. ¿Hay en la empresa alguna persona que me anima en mi desarrollo?
  7. ¿Tengo la impresión de que mis opiniones son importantes en mi ámbito de trabajo?
  8. ¿La misión de mi compañía me hace sentir que mi trabajo es importante?
  9. ¿Las personas que trabajan conmigo están comprometidas para hacer un trabajo de calidad?
  10. ¿Tengo un buen amigo en la empresa donde trabajo?
  11. En los últimos seis meses, ¿alguna persona de la empresa me habló sobre mis progresos?
  12. ¿La empresa me brindó oportunidades de aprender y de crecer durante el último año?

Si has contestado a todas “sí”: enhorabuena. Estás en un ambiente motivador, tu jefe se preocupa por ti y la empresa pone los medios para que puedas dar lo mejor de ti mismo. Si, por el contrario has puntuado todas “no”, quizá sea momento de pensar en un cambio. En caso de respuestas intermedias, valora qué porcentaje pesa más para reflexionar sobre ello.

Como habrás podido observar, muchas de las preguntas están relacionadas con la manera en la que dirigen los jefes. Y es lógico. El jefe tiene la capacidad de comunicar con claridad, de darle sentido a lo que haces, de reconocerlo y de preocuparse por ti como persona. Por eso no es de extrañar que en la investigación de Gallup se concluyera que las doce claves que caracterizan a los mejores ambientes de trabajo también son las que definen a los jefes extraordinarios. Aquellos líderes que motivan, ilusionan y, además, obtienen resultados a largo plazo consiguen buenos ambientes de trabajo, es decir, cumplen con las doce claves anteriores, según la investigación posterior que realizó Gallup a 400 jefes.

En definitiva, si tienes equipo, intenta preocuparte por esas doce claves para crear un ambiente de trabajo ilusionante; y si no tienes gente a tu cargo, valora la situación, mira qué cojea en tu empresa y toma decisiones si fuera necesario. Septiembre es un buen mes para plantearse cambios.

Un poderoso truco para alcanzar tus objetivos

Septiembre y enero se caracterizan porque nos llenamos de buenos deseos y objetivos que no siempre cumplimos. Vamos a ver un truco poderoso que nos ayuda a ponernos las pilas.

Jesús Vega, escritor y conferenciante, cuenta cómo consiguió que un amigo suyo dejara de fumar después de un sinfín de métodos, terapias, caramelos y demás inventos. Los dos son muy aficionados al Real Madrid, dato muy relevante para la historia, y un día de invierno, antes de entrar en el campo, su amigo le pidió que le acompañara a echar el último cigarrito. “¿Pero por qué no dejas ya de fumar?”, le dijo. “Pues porque no puedo… he probado con todo”. A Jesús se le iluminó la bombilla y le planteó un reto. “Te propongo algo: si no dejas de fumar en un mes, tendrás que donar mil euros a una fundación”. Su amigo tragó saliva. Es una cantidad que a la mayor parte de los mortales le dolería pagar. “Ahora bien –continuó Jesús–, esos mil euros irán a parar a la fundación del Barça”. La cosa dolía bastante más. Su amigo puso el grito en el cielo. ¡Eso estaba por encima de su nicotina! Sellaron el pacto y, pasado un mes, ya no fumaba. Y esto podría haberle ocurrido a cualquier aficionado del Barça que hubiera tenido que donar dinero al Real Madrid; a uno del Betis con el Sevilla, o viceversa; a uno del Milan con el Inter, o a tantas otras rivalidades clásicas que tenemos los primates en este planeta, solo que en este caso en forma de balón.

Para conseguir un objetivo hace falta tener la determinación de hacerlo y una de las claves para despertarla es un sistema de penalizaciones o de recompensas que realmente te duelan o te entusiasmen. Es decir, has de aplicarte el clásico “palo o zanahoria” adaptado a tu realidad (o tener un amigo que te echa una mano para ello). Dependiendo de tu objetivo, que puede ser hacer deporte, comenzar unas clases o tomarse la vida con menos estrés, funcionará mejor la penalización o la recompensa, como se ha demostrado en otros experimentos.

Roy Baumeister, profesor de la Florida State University, ha analizado una de las claves en los procesos de cambio: el autocontrol para dejar de enfadarnos por nimiedades, por ejemplo, o para no asaltar el frigorífico. Pues bien, ese autocontrol que necesitamos se agota y, cuando ocurre, necesita de una pequeña recompensa. Baumeister lo demostró con un grupo de voluntarios. Les pidió que pasaran a una habitación que olía a sabrosas galletas recién horneadas. A un grupo de ellos les permitió comer las galletas y a otros, unos rábanos que estaban en la otra mesa, con la consiguiente cara que tuvieron que poner. Después, les pidió a todos ellos que resolvieran un rompecabezas geométrico complicado y, curiosamente, los que habían comido rábanos se dieron por vencidos en tan solo ocho minutos, mientras que los que habían disfrutado de las galletas, aguantaron diecinueve minutos de media.

Conclusión: la glucosa ayuda en la gestión de uno mismo, pero lo más importante, cuando estamos ejerciendo autocontrol, es buena una pequeña recompensa por aquello de animarnos. Lógicamente, si el reto es hacer una dieta, las galletas no son lo más recomendable, pero entonces busca otra que te apasione, que no se lleve mal con tu objetivo y que te dé ese regalito que te puedes merecer. Quizá una llamada a un amigo, una película, un masaje, un viaje o lo que tú quieras. Y, si no, siempre puedes recurrir al compromiso de destinar un dinero a un sitio que no te haga la menor gracia.

Instrucciones para sobrevivir con demasiados turistas a tu alrededor

Bajas a la playa y no tienes espacio para estirar la toalla por la cantidad de personas que están tomando el sol. Vas a un monumento maravilloso y no consigues hacer una foto sin un sinfín de desconocidos de fondo… Si en esos momentos te enfadas por el exceso de turistas y preferirías que desaparecieran todos de un plumazo, tranquilo, tranquila, es normal. Forma parte de nuestra “incomodidad animal” cuando perdemos nuestro espacio físico deseado, como se explica en la sociología.

Edward T. Hall publicó en 1959 un libro muy inspirador, El Lenguaje Silencioso, en el que analiza la relación que vivimos con el espacio. “Todo ser vivo tiene unos límites que lo separan de su entorno exterior”, escribía, y cuando dichos límites se alteran es cuando se nos despiertan emociones incómodas. Si alguien nos habla demasiado cerca, tendemos a dar un paso atrás para mantener el límite que necesitamos. Si una persona se aleja demasiado cuando le contamos algo importante, nos acercamos inconscientemente. Hall midió las diferentes distancias. Entramos en la “distancia mínima” cuando hablamos con familiares o amigos, y esta oscila de 15 a 45 centímetros; la “distancia social”, la que se utiliza para los negocios o reuniones sociales, es de 1,21 a 2,13 metros en la fase cercana, o de 2,13 a 3,65 metros, en la lejana.

Pues bien, cada persona tiene necesidad de mantener una determinada distancia física a su alrededor dependiendo de su cultura, de su carácter, de con quién hable o del humor del día. Pero cuando hay mucha gente, nuestra querida distancia se rompe. Por eso nos molesta, por una cuestión de supervivencia puramente animal (además de las lógicas incomodidades que acarrea).

Este malestar puede ser ocasional o puede derivar en auténtica fobia, la turismofobia, como la que sufren los habitantes de ciudades bellísimas. Así lo comprobé en Florencia, donde viví hace años; supe que los florentinos tenían sus propios carnés para entrar en restaurantes privados o incluso en sesiones exclusivas de cine con el único objetivo de estar lejos de los turistas. Pues bien, sin llegar a este extremo, ¿qué podemos hacer cuando nos asalta este malestar en vacaciones?

Lo primero, acepta que la sensación de desear estar con menos gente a tu alrededor es normal —y recíproca hacia ti, por cierto—. Tú también eres un extraño para el resto. Si te ocurre, no eres ni más ni menos raro (en todo caso, podrás ser más o menos transigente). Como hemos visto, la incomodidad es una respuesta animal. Ahora bien, vamos de vacaciones donde queremos ir. Nadie nos obliga. Si escogemos un sitio codiciado por el resto de los mortales, por algo será. Cualquier ciudad o paisaje tiene sus temporadas bajas, como sucede con las playas mediterráneas, que si fuéramos en febrero, estarían vacías aunque sería más difícil que nos bañáramos sin congelarnos. Por supuesto que siempre existen opciones “ermitañas”, aunque seguramente menos atractivas o solo accesibles para unos pocos. Así pues, si donde vas hay mucha gente, reconoce las ventajas, acepta el precio de la decisión que has tomado y no te amargues por ello.

Segundo, si estás en sitios muy concurridos, cambia los horarios para disfrutar en una cierta soledad. Almuerza antes o después, madruga o trasnocha para estar con menos gente a tu alrededor.

Y tercero, cuando estés rodeado de más personas de las que te gustaría, encuentra las ventajas, cambia de actividades y míralo en positivo. Quizá no puedas leer tranquilamente un libro, pero sí puedes conocer gente u observar comportamientos, como hacen los sociólogos.

En definitiva, todos precisamos mantener una cierta distancia física con extraños para sentirnos bien, pero también necesitamos descansar en vacaciones. Si hay demasiada gente, ya sabes, has decidido “bien”. Acéptalo, reconoce que tú también eres un extraño para el resto, busca tus momentos para estar tranquilo y encuentra nuevas actividades que hacer bajo esas circunstancias. Las vacaciones son para disfrutarlas y no para amargarnos porque el resto haya decidido exactamente lo mismo.