Cinco consejos prácticos para sentirnos más inspirados

¿Alguna vez te hubiera gustado sentirte más inspirado a la hora de escribir un texto, de saber vestirte para un evento importante o de enfocar un problema? Pues tranquilo, la inspiración se puede trabajar. No es algo imposible o exclusivo de los artistas, sino que está al alcance de cualquiera de nosotros, como explica Jesús Alcoba en su último libro, Inspiración.

Reconozcámoslo: no estamos hablando de algo que haya tenido buena fama en el pasado. Parece que todo depende del esfuerzo o del tesón, o, como resumía Picasso, “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Sin embargo, cada uno de nosotros hemos tenido la experiencia de estar más o menos inspirados a la hora de hacer cosas y sabemos que la diferencia es notable. Según Alcoba, el motivo de esta mala fama está en que es el resultado de una vivencia emocional, muy compleja y escurridiza, que, sin embargo, tiene la capacidad de conectarnos con lo más profundo de nosotros mismos y de hacernos sentirnos muy plenos. Por ello, vale la pena trabajarla. Veamos algunas claves que propone en su libro:

1. Nadie encuentra lo que no busca. Si deseas tener más inspiración en un campo determinado, vale la pena dedicarle tiempo y ponerle atención. Si quieres saber cómo enfocar un problema, conviene estudiar otras soluciones anteriores parecidas; o si es una dificultad con la ropa, por ejemplo, puede ayudarte buscar imágenes de estilismo.

2. Fomentar la conexión cruzada. Las buenas ideas surgen cuando se incorporan conocimientos de otras áreas. Como nos recuerda Alcoba: “Cuando la química entró en la cocina, o cuando la biología entró en el diseño industrial, se produjeron corrientes de ideas frescas e interesantes que hicieron que estas disciplinas avanzaran”. Por tanto, ¿qué otras cosas se te dan bien o te gustan que podrían inspirarte para el problema que tienes entre manos?

3. Atrapar la inspiración cuando surge. La inspiración es algo efímero, que ni tan siquiera se graba en la memoria si no le prestamos atención. Por ello, es recomendable tener algo a mano para anotar las ideas que nos surgen cuando nos despertamos por la mañana o cuando salimos de la ducha. Estas notas escritas o de voz no tienen por qué ser perfectas, simplemente vale con que sean útiles.

4. Encontrar paz mental. No es de extrañar que los grandes hallazgos en la ciencia ocurrieran en entornos diferentes a ella. Así ocurrió con Newton, que estaba descansando cuando la caída de la manzana le inspiró la teoría de la gravedad, o a Bohr, a quien le vino la idea de la estructura del átomo mientras estaba viendo una carrera de caballos. Se mete mucha información en la mente y luego, curiosamente, no hacer nada o hacer algo que nos relaje produce el resultado.

5. Conectar con uno mismo. Decía Oscar Wilde que “la obra de arte es el resultado único de un carácter único”. Y esto se puede aplicar a cualquier proyecto que hagamos. Cuanto más conectados estemos con nosotros mismos y menos miedos sintamos de expresarnos, más libres seremos para dar lo mejor de cada uno.

La inspiración existe y se puede desarrollar a través de métodos sencillos, como nos propone Jesús Alcoba. Y, si la tenemos, no solo seremos más productivos, sino que además nos ayudará a sentirnos más plenos y realizados como personas. Por eso vale la pena intentarlo.

El motivo por el que nos cuesta conseguir nuestros sueños

Todos tenemos sueños, pero no siempre los alcanzamos. Tanto es así que, por ejemplo, de los objetivos que nos planteamos a comienzo de año, tan solo conseguimos el 12%, según Richard Wiseman, de la Universidad de Hertfordshire en Reino Unido. Los motivos son muchos. Por un lado, porque nos come el día a día, porque no tenemos recursos o por cualquier otra excusa. Por otro lado, existe una razón más silenciosa de fondo: porque confundimos los sueños con las fantasías o con los meros deseos.

Nuestra fantasía podría ser ir a dar la vuelta alrededor del mundo, perder peso o estudiar medicina, sin planteárnoslo realmente. Pensarlo nos sirve como evasión y nos entretiene. Una fantasía también actúa como un balón de oxígeno. Cuando estamos cansados, el mero hecho de imaginarnos en una playa paradisíaca en las antípodas nos alivia de los días difíciles. El objetivo real no es tomar el avión y desaparecer, sino sencillamente distraer a nuestra mente con los cocoteros de una posibilidad remota. Igualmente, tienen un efecto directo sobre la motivación. Según un estudio de la Carnegie Mellon University, el mejor día de la semana es el viernes (algo que más de uno ya sabía sin demasiadas investigaciones). Sin embargo, el argumento que aporta este estudio es interesante: preferimos los viernes a los domingos porque disfrutamos más de la anticipación que de la realización. Aunque los viernes trabajemos, suponen la línea de salida del fin de semana, que es lo opuesto a lo que ocurre el domingo. Ese día no solemos trabajar, pero es la víspera del lunes. Por ello, la fantasía se queda en la simple anticipación de un acontecimiento que nunca vas a molestarte en conseguir, aunque lo verbalices a tus amigos o a ti mismo. Un sueño, sin embargo, es diferente.

Los sueños que realmente importan y que cambian nuestras vidas son aquellos que nos inspiran y que nos ponen las pilas. Cuando tenemos el sueño de cambiar de trabajo o de ir a un safari en África, por ejemplo, nos leemos todos los anuncios de búsqueda de empleo o todos los catálogos de viajes que caen en nuestras manos. Son capaces hasta de molestar, porque no hay manera de quitárselos de la cabeza ni de las conversaciones. Nos llevan al esfuerzo, a dejarnos la piel para conseguirlos y no se contentan con el pensamiento o con la anticipación, como sucede con las fantasías.

Dicho todo lo anterior, si hiciéramos un listado de nuestros sueños, ¿cuántos nos llevan a la acción y cuántos se quedan en meros deseos? Necesitamos diferenciarlos previamente para no frustrarnos. Si fuéramos capaces de distinguirlos, seguramente la cifra del 12% aumentaría algo más, porque seríamos más honestos con nosotros mismos. También reduciríamos frustraciones. Si en realidad, no estamos interesados en hacer deporte o en ponernos a dieta, ¿para qué vamos a tenerlos en cuenta cuando son fracasos a priori?

En definitiva, los sueños nos ayudan a avanzar y a crecer como personas. No tienen por qué ser grandiosos. Un buen sueño puede ser pasar los días difíciles con una bonita sonrisa. O pueden ser más ambiciosos, como aspirar a un mejor puesto de trabajo o a una relación de pareja más saludable. Pero, sea lo que sea, si no nos lleva a la acción, si no nos incomoda porque nos supone esfuerzo y si no nos inspira, posiblemente estemos cayendo en los brazos de las fantasías o de los meros deseos. No sucedería nada si fuera así, pero al menos, reconozcámoslo de partida para evitar frustraciones y ser conscientes de ello cuando hagamos el listado de nuestros sueños incumplidos.

Claves para volver con fuerza después de Semana Santa

En plena Semana Santa, te propongo estas claves para que le saques el mayor partido no solo a tu descanso sino también a tu vuelta.

¿Por qué necesitamos “hacer nada” para encontrar soluciones a nuestros problemas?

Una labor difícil, pero vital, que puedes desarrollar estos días: “no hacer nada”…

Los cinco niveles de conversación (y uno es el que te ayuda a tus relaciones personales)

Si en Semana Santa quieres tener nuevas conversaciones…

El secreto del estrés que no conoces y que lo convierte en tu aliado

Si no quieres que el estrés te vuelva a comer…

La señal que te alerta de que has de cambiar de trabajo (o al menos, intentarlo)

Si durante estos días estás pensando que valdría la pena buscar otro trabajo…

Para después de Semana Santa

Un poderoso truco para alcanzar tus objetivos

Si vuelves con las pilas cargadas y estás decidido a alcanzar tus objetivos sí o sí…

Qué puedes hacer para convertir una debilidad en una ventaja: la técnica del contrapeso

Si has pensado que tienes un área de mejora que te gustaría cambiar…

Objetivo en 2018: recuperar tiempo para vivir

Si a la vuelta decides tener más tiempo para ti…

¡Feliz descanso y feliz Semana Santa!

Cinco claves para decir “no” sin que el otro se moleste

Es posible que hayas tenido alguna conversación con un amigo, familiar o jefe que te pide algo que no te apetece demasiado, pero que acabas aceptando. Y no porque la otra persona tuviera una tremenda capacidad de influencia, sino sencillamente porque te resultó difícil decirle que no. Poner límites es una de las pruebas más difíciles a las que nos enfrentamos y uno de los mejores termómetros de madurez (y de salud mental, por cierto). No es fácil, reconozcámoslo. Nuestros propios miedos de serie no ayudan en exceso. Como decía Aristóteles, somos animales sociales por naturaleza, lo que significa que nos entregamos en cuerpo y alma a ser parte de nuestro grupo. Por eso, buscamos agradar, nos encanta que nos reconozcan los que nos importan y sufrimos tinta china cuando tenemos que decir “no” a personas relevantes para nosotros. Por suerte, esta dificultad va variando a lo largo de los años.

En la adolescencia caemos en los brazos del grupo y en general nos importa más lo que digan los compañeros de clase que los profesores o los pobres padres (motivo por el que esa etapa de los hijos es un sufrimiento para más de uno). Sin embargo, cuando crecemos, vamos conformando nuestra personalidad y nuestro carácter, y nos sentimos más fuertes y menos vulnerables si pronunciamos el maravilloso “no”. También tiene que ver con el género. Según algunas investigaciones, las mujeres tenemos tendencia a ser más complacientes que los hombres por una presión social (o histórica), por la que se valora peor la asertividad femenina que la masculina. Pero, dicho todo lo anterior, necesitamos saber decir que no. Es la mejor manera de proteger nuestros límites, de cuidarnos y de crecer sin buscar la aprobación constante de los otros. Aprender a decirlo no significa ser desagradable o resultar áspero. Se puede conseguir de un modo amable, sin herir, defendiendo nuestra postura y sin hacer daño al de enfrente. Veamos cómo hacerlo con las personas que más nos cuesta, con aquellos que nos importan:

Primero, identifica qué límites quieres poner y con quién. Una pregunta previa consiste en saber en qué áreas te estás dejando llevar más: ¿es con la pareja?, ¿con el jefe?, ¿con los compañeros?, ¿cómo lo consiguen, cuando se ponen agresivos, cuando te adornan la petición… o siempre te ocurre? Eso te dará pistas. Una vez identificado, ponte un objetivo concreto y prueba con los siguientes pasos.

Segundo, da una respuesta de un modo amable, basada en los objetivos pero sin demasiadas explicaciones: “no puedo ayudarte con este informe, porque me han pedido que entregue este otro mañana y voy muy mal de tiempo”. No caigas en justificaciones infinitas, que aburren al interlocutor y te hacen perder fuerza; o en excusas fácilmente desmontables. Si dices, “no puedo ir a tu fiesta porque no tengo tiempo para preparar nada de comida”, la otra persona puede responderte que se encarga de todo o que debajo de su casa hay una tienda donde puedes comprar algo… Con su respuesta, te desmonta la excusa.

Tercero, incluye la técnica de la negociación. Siguiendo con el ejemplo anterior de la fiesta, puedes decir que no vas ese día por un motivo, pero como te apetece verle, le propones que te acercas otro día. O en el caso del compañero de trabajo que te solicita un informe, le dices que no puedes en ese momento, pero que cuando termines el que estás preparando puedes ayudarle. De ese modo, abres una ventana de oportunidad.

Cuarto, explica el impacto tomando como referencia a una tercera persona. Podría ser: “si hago esto que me pides, tendría que decirle que no a fulanito”. De esta manera, tu posición queda más protegida y tienes un argumento de fuerza. Esto ocurre muchas veces en temas familiares: “No puedo acudir a esta reunión porque le he prometido a mi hijo acompañarle en un evento del colegio”, por ejemplo.

Y quinto, aprende de alguien que te guste cómo gestiona estas situaciones y experimenta poco a poco. La ventaja de ser sociales es que mejoramos a través de la observación; por ello, fíjate en alguna persona que sea un referente, analiza sus argumentos, su lenguaje no verbal y ponlo en práctica en situaciones cómodas, primero, y más difíciles después.

En definitiva, aprender a decir “no” es básico para decir “sí” a lo que realmente nos importa. Lo necesitamos para cuidarnos, para proteger a personas o proyectos que sí queremos hacer y para no defraudar expectativas si aceptamos todo cuanto nos piden.

Cuando los jóvenes son mentores de sus jefes

Chip Conley entró a trabajar con 52 años en una de las empresas más sexys del mundo de Internet, Airbnb, especializada en reservas de alojamiento. Conley tenía una magnífica trayectoria profesional: había montado hacía 20 años la segunda marca de hoteles boutique del mundo, pero con una “sutil” diferencia. En aquel entonces las reservas no se hacían a golpe de clic y aquello era un cambio sustancial. Como él mismo explica en un artículo publicado en la Harvard Business Review , fue becario de nuevas técnicas y métodos digitales. Triunfó como asesor estratégico en Airbnb. Y la clave de su éxito fue su capacidad de aprendizaje.

En un mundo que cambia tan rápido necesitamos aprender, ser permeables a lo nuevo y a lo que está ocurriendo en el mercado. El conocimiento no solo está en las personas que albergan muchos años de experiencia, sino también en todo aquel que nos puede aportar una mirada distinta, como son los jóvenes. Por eso, no es de extrañar que muchas empresas se lancen a crear programas de mentoring inverso entre jóvenes y veteranos, para que los de menor edad enseñen sobre el manejo de la tecnología, sus costumbres y hábitos.

Tradicionalmente, un mentor se ha visto como la persona de experiencia que comparte lo que sabe con un joven. Sin embargo, en un mundo donde los chavales han nacido casi con el ordenador bajo el brazo, tienen ventaja en el manejo de la tecnología con respecto a los que son más talluditos. Por eso, hace varias décadas Nokia lanzó uno de los primeros programas de mentoring inverso para que los jóvenes inspiraran a los directivos sobre las tendencias de entonces. Le han seguido muchas otras compañías estadounidenses y poco a poco se va imponiendo en España. Ahora bien, la dificultad en nuestro país no estriba en las habilidades del joven, sino en la actitud del mentorizado, que no siempre se siente cómodo con que una persona de menor edad actúe con mentor. Y, desgraciadamente, esa actitud juega en contra porque cuando uno hace las mismas preguntas pero a personas con miradas diferentes, surgen las oportunidades.

Así ha ocurrido en una muy conocida escuela de negocios con sede en Madrid. Uno de los profesores nombró a los alumnos como mentores para que le ayudaran a crear nuevos enfoques en la captación de estudiantes. “Vosotros dais charlas sobre las excelencias del programa —le dijeron—, pero nosotros buscamos en la Red, preguntamos a antiguos alumnos y la escuela apenas interactúa más allá de poner anuncios”. A partir de ahí, los propios alumnos mentores propusieron mejoras en el proceso de captación (con la consiguiente resistencia y disgusto del departamento de admisión que “siempre” había hecho las cosas del mismo modo).

El mentoring inverso es algo positivo para abrirnos a nuevos aprendizajes en ambas direcciones: los más veteranos, porque nos permite acceder a un conocimiento del mundo tecnológico que se nos escapa, y los más jóvenes, para aprender de inteligencia emocional y madurez, que se consigue con la edad. Ahora bien, si la empresa no facilita esa posibilidad, ¿qué podemos hacer? Es fácil: debemos buscarnos un mentor, alguien que nos ayude en esta área de mejora.

Lo que nos va a permitir reinventarnos y ser felices es estar en continuo aprendizaje. Necesitamos abrirnos al mundo de posibilidades para mirar la realidad con otros ojos y cuestionarnos las cosas. Necesitamos tener la humildad para aceptar que nuestros conocimientos pueden quedarse obsoletos y la curiosidad para husmear en terrenos a veces incómodos. Eso no significa despreciar lo que sabemos. En absoluto, sino hacer valer lo que uno conoce y lo que el otro aporta. Como resume Conley: “Los trabajadores de cierta edad nos parecemos más a una botella de buen vino que a un cartón de leche”. Así pues, desde esa actitud, busquemos mentores que nos enriquezcan como profesionales y como personas.

Cinco claves para hablar bien en público (y disfrutarlo)

Decía el escritor Mark Twain que hay dos tipos de oradores, los que se ponen nerviosos y los que mienten. Y los nervios van a variar dependiendo de lo que tengamos que contar o de quiénes nos escuchen. Muchas veces nos toca hablar en público en una reunión de trabajo, en la junta de vecinos o en el brindis de la boda de nuestro mejor amigo. Y aunque no nos lo enseñaran en el colegio o hayamos tenido una mala experiencia, hablar en público se puede entrenar si se sabe cómo. Mónica Galán, en su libro Método Bravo, nos enseña los cinco pasos para conseguirlo y aplicarlo en nuestro día a día.

El primer paso es la bienvenida. Necesitamos invertir tiempo para un buen comienzo. Deberíamos huir como la pólvora de expresiones típicas como “bueno”, “pues…” o dar una palmada, que solo demuestran que estamos hechos un flan. La propuesta de Mónica es comenzar con alguna de estas ideas: contar una historia que enganche a la audiencia, aportar un dato o un hecho sorprendente, o hacer una pregunta que despierte la atención, como por ejemplo: “¿Cuántos de nosotros querríamos ganar más dinero?”. Si empezamos haciendo una mención a todas las personalidades presentes (clásico de los discursos institucionales), las personas desconectan desde el primer minuto.

El reconocimiento es la segunda clave para una buena presentación y este ha de ser de varios tipos, el primero el reconocimiento a ti como orador. Si han leído previamente tu currículum quizá no haga falta, pero si no, puedes contar alguna experiencia derivada de tu trayectoria o tu experiencia. No obstante, hay que tener cuidado en este punto con no resultar excesivamente pretencioso (esta sugerencia no tendría sentido en Estados Unidos, puesto que son diametralmente opuestos a nosotros en esto). Otro reconocimiento que se ha de hacer es a la audiencia por su tiempo y su atención. Curiosamente, las gracias se han de dar después del punto anterior y no antes… aunque pensemos que somos descorteses.

La tercera clave que nos ayuda a hablar en público es la autoridad, y esta se consigue con las palabras y con el lenguaje no verbal. La mejor manera de reducir los nervios es estudiando lo que se va a explicar. Pero las emociones y nuestra personalidad se perciben cuando hablamos delante de otras personas. Nuestras inseguridades o dudas se expresan con gestos, de los cuales no siempre somos conscientes. Por eso, a la hora de prepararnos para algo importante, también necesitamos trabajar en la seguridad en nosotros mismos. Mónica Galán lo resume del siguiente modo: si quieres hablar bien en público, tendrás que pensar bien en privado.

El valor es otro de los elementos esenciales que necesitamos trabajar. Debemos aportar algo a las personas que nos escuchan, porque el tiempo es preciado pero la atención, mucho más. Para conseguir enganchar, una recomendación es narrar historias. Así aprendimos de pequeños y seguimos haciéndolo como adultos, o como dicen James Carville y Paul Begala, dos relaciones públicas de la Casa Blanca: “Si no comunicas con historias, no comunicas. Los hechos hablan, pero las historias vencen”.

Y por último, la ovación, que significa un cierre inolvidable. Aquí existen varias posibilidades: un cierre emocional con una historia en primera persona; una repetición de un primer mensaje como en el famoso discurso de Martin Luther King “I have a dream” (tengo un sueño). También podemos cerrar con un proverbio o una cita famosa… Es decir, necesitamos terminar con un mensaje que quede en la mente de quien lo escucha.

Hablar en público puede ser maravilloso si uno se siente preparado y pone en práctica varias herramientas. La buena noticia es que se puede entrenar y adaptar a la personalidad de cada uno, porque, como dijo Voltaire, “todos los estilos son buenos, menos el aburrido”.

¿Cómo encontrar sentido a los malos momentos?

Seguro que alguna vez has atravesado un momento difícil: porque no te saliera algo como esperabas, porque no te encontrabas bien o porque perdiste a algún ser querido. Lo que sea. En esos instantes no brotan emociones positivas necesariamente, ni te apetece estar alegre como unas castañuelas. Te pueden decir que veas la botella medio llena, que te animes, pero te sirve de poco. Estás mal y punto; y lo peor que puedes hacer es, además, sentirte culpable por ello. Tendríamos que reivindicar el derecho para atravesar malos momentos, porque son necesarios, porque tienen un motivo y porque quizá tengamos una imagen de la felicidad que no existe.

Posiblemente, la psicología positiva ha sido una de las grandes revoluciones en el pensamiento de las últimas décadas, sin embargo, parece que existe una corriente mal entendida que defiende que la felicidad es una vida sin dolor y sin momentos de sufrimiento. En Oriente, por ejemplo, uno de los monjes tibetanos más reconocidos, Kenchen Konchog Gyaltshen Rinpoche, reconoce las ventajas de pasarlo mal: nos aporta sabiduría, nos entrena en resistencia, nos ayuda a ser más compasivos y nos lleva a respetar de un modo profundo la realidad. Por tanto, los malos momentos nos ayudan, y todos los héroes, incluso los de las culturas más ancestrales, viven sus propios desiertos, es decir, sus instantes de bajón emocional. Es más, incluso si queremos renovarnos, seguramente tendremos que atravesar algún desierto más o menos árido.

Cuando nos sonríe el éxito, nos sentimos fuertes, invencibles y podemos caer en la arrogancia. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a un contratiempo, a un fracaso o a una pérdida, nuestras seguridades se tambalean un poco. Nos ayuda a cuestionarnos y a indagar sobre ciertas certezas. Y eso es saludable porque transitamos de la posible arrogancia a abrazar la humildad, a tocar tierra (humus,que es el origen de la palabra). Por eso, me gusta la metáfora que utiliza Tal Ben-Shahar, profesor de Harvard, quien dice que “cuando estamos en éxtasis, miramos hacia arriba, hacia el cielo, hacia el infinito, y cuando estamos pasándolo muy mal, tendemos a mirar hacia abajo, hacia el suelo, hacia lo finito”. Y ambas miradas son necesarias para completarnos como personas.

El hecho de que pasarlo mal tenga un sentido y nos ayude a crecer como personas tampoco significa montar una tienda de campaña en esos momentos. La idea es salir de ello lo antes posible y con el máximo aprendizaje posible. Por tanto, ¿qué podemos hacer si lo estamos pasando mal?

El primer punto que necesitamos es aceptarlo. No vale de nada negarlo, decir que estás bien cuando por dentro no estás en tu mejor momento. Has de comenzar a reconocértelo a ti mismo.

Segundo, es bueno hablarlo para no convertirlo en un gigante. Los silencios y nuestras noches deforman la realidad. Por eso, verbalizarlo con alguien de confianza nos ayuda a contemplarlo desde fuera. Equivaldría a quitarle la sábana al fantasma y a ver que no es para tanto.

Tercero, identifica el aprendizaje. Cuando somos capaces de entender qué nos aporta, podemos dar pequeños pasos para salir de él. Cada aprendizaje es un peldaño hacia su salida.

Cuarto, busca recursos mentales, emocionales o físicos. En lo mental, nos ayuda relativizarlo, enmarcarlo en su justa medida o el sentido del humor. Buscar a ese amigo que sea capaz de hacerte reír de lo que te duele. En el plano emocional, nos viene bien cuidarnos, recogernos en sensaciones amables. Huir de discusiones que aportan bien poco. Y en el terreno físico, el deporte o simplemente un baño o un masaje nos permiten ir separándonos un poquito más de ese mal momento. Por supuesto, no se olvida ni desaparece, pero al menos, nos permite tomar algo más de distancia.

Y quinto, confía. Prácticamente el cien por cien de los desiertos se superan. A veces es una cuestión de tiempo. Pero en la medida en que se confíe, se tiene más energía para continuar adelante.

Todos vivimos malos momentos. Algunos se superan rápido y otros nos pueden llevar varios meses. Ambos forman parte de la aventura de vivir. No tenemos que ir a buscarlos ni regocijarnos en ellos, pero sí aprovecharlos como maestros para conocernos más a nosotros mismos, para aprender y para renovarnos como personas.